
Cuando vi aquellas nubes etéreas atravesar velozmente un cielo que es rozado por altas y estáticas partes de edificios grises, supe que estaba a punto de descubrir cuánta belleza, cuánto significado y cuánta emoción se pueden encerrar en una sola imagen. No son solo nubes y masas de concreto: esta fusión va más allá de lo que muestra la pantalla. Wong Kar-Wai une la magnanimidad del firmamento con el incontrolado paso del tiempo y los contrapone a una urbanidad mínima y finita. Y, con esta comparación, se cae en la cuenta de que el ser humano tiende al deseo de lo ilimitado: lo eterno. Esto es Chungking Express: la constante necesidad humana de amar, pero no solo un momento: amar sin fecha de caducidad.
Tal cual obra posmoderna, el filme presenta dos centros, dos historias de amor, protagonizadas cada una por una pareja, en la que cada protagonista narra mediante la voz en off su propia visión de lo que acontece y de lo que entiende por amor, relaciones humanas, recuerdos y tiempo. Wong Kar Wai remarca la importancia textual como la entrada a los mundos internos subjetivos. Así pues, revela en la abstraída Faye el punto en que los deseos de amar son tan fuertes que llegan a concebirse como realidad. “Esa tarde tuve un sueño, estaba en su casa, me desperté al marcharme, lo que no sabía es que cuando sueñas desearías no despertar nunca.”
A espacio abierto, la cámara registra el tránsito de los protagonistas, a velocidad y en pasadizos abarrotados de gente en las persecuciones del Agente 223 (como en Fallen Angels, de similares estructura y temas pero con una crudeza mayor) o los sigue a través de un espacio urbano difuso que remarca la soledad a través de la manipulación de los colores (recurso que aumenta el dramatismo). O, como en la sublime In the Mood For Love, forma una fantástica secuencia en el Midnight Express en el que el paso del tiempo se denota por los cambios de ropa de Faye. O puede unir ambas alternativas: acelerar el primer plano y lentificar el fondo para destacar a la pareja.Wong Kar Wai también juega con los destellos de luz (que se proyecta tornasolada sobre los CDs). Muestra novedosamente a sus personajes a través de los vidrios, limpios o empañados, o reflejados con claridad en los espejos y difusamente en el aluminio. Y crea imágenes bellas y memorables: la mujer “rubia” habla sobre la imposibilidad de conocer a las personas porque cambian constantemente y, mientras tanto, se la ve reflejada en un espejo múltiple.
Pero es a puertas cerradas, donde Chunking Express desnuda a estos personajes sumidos en soledad para mostrar sus anhelos más íntimos. El Agente 663 se desprende de la rudeza del uniforme policial, y, en la solo en su departamento, se muestra en ropa interior personificando a los objetos. “No estaba seguro de si había dejado un grifo abierto o es que la casa se había vuelto más sentimental” Le reclama fortaleza ante la decepción amorosa a un paño de cocina y se siente “orgulloso” al ver llorar a su toalla. Faye se apropia de las llaves del departamento de su amado por la urgente necesidad de cuidar de él, de borrar los recuerdos de la azafata y ganar un lugar en la vida del Agente 663 colocando una foto suya en su espejo. Al llegar el primero de mayo, la mujer “rubia” cae abatida y frustrada mientras nadie puede verla; mientras que el Agente 223 se encierra a comer 30 latas de piña para llenar el vacío que dejó el amor, que expiró al igual que las latas. En estos dos últimos casos, la marcación constante del tiempo ha sido clave para destacar la presión de un plazo que se acorta y termina sin ambos lograr sus objetivos.
Wong Kar-Wai hace un pequeño homenaje al cine negro con el personaje de la femme fatale “rubia”. Esta es representada por una actriz asiática que oculta tras lentes oscuros y gabardina su turbio trabajo como traficante de droga. Como femme fatale, es objeto de deseo sexual de su socio extranjero. Y como femme fatale también, no tiene reparos en asesinarlo en defensa de sus propios intereses. Inmediatamente después muestra su verdadera identidad dejando caer la peluca rubia, y por un breve instante se ve su verdadero rostro. Por otro lado, en ambas historias se mantiene la estructura clásica de presentación de personajes (con la misma fórmula exacta intimidad-distancia-tiempo), desarrollo del conflicto y su posterior resolución. Las imágenes son armónicas visualmente. Sin embargo, la frescura se mantiene a través de flashbacks y flashfowards. Y el filme nunca se despega de la sinceridad de las emociones, acompañadas de rock y lentos en inglés, música de medio oriente, jazz y una interesante fusión de cuerdas/instrumento chino en tres cuartos.
Finalmente, el Agente 223 acepta su soledad unida a la caducidad de las cosas, y, a la vez, reconoce cuán valiosa es la compañía de los gratos recuerdos al recibir la llamada de la mujer “rubia”. El Agente 663, por su parte, contempla a Faye con la misma mirada que ella le dedicaba hace un año: con ojos de amor. A pesar del tiempo, ha mantenido un vínculo con todo lo que ella representa: el Midnight Express y California Dreamin’ de The Mamas & The Papas a todo volumen. Quizá las relaciones amorosas, como todo lo humano, caducan. Sin embargo, el amor, con las costumbres que crea y los recuerdos que evoca, es lo más cercano a lo infinito: nada se iguala a la plenitud que brinda el amar y ser amado. Es un sentimiento de belleza única e insuperable, belleza perfectamente capturada por Wong Kar Wai.
