domingo, 9 de diciembre de 2012

Costillas sublimes


Las tazas, cubiertos, manteles, espejos, parafernalia, prolijos reflejantes de nosotros cuatro.
Cuatro. Más el silencio me desgarra la dermis y las costillas izquierdas se pulverizan.
Polvo de huesos rellenando el segmento bajo del reloj de arena en susurro quedo.
Eran necesarios seis. Pupilas, y al mismo tono envolvente.

Seis, porque ese par de ojos de espacio denegado sobre los nuestros ti y mi
eran ese amor omni que gracias a la contingencia no se rebalsa
extra-ordinariedad pisoteada, ninguneada, rechazada, llorante.
Tú nos arrojaron, nos arrojaste, nos arrojaron, quién sabe quién.

Fantasma de reo contumaz, culpable él, culpable tú, culpable yo.
Se extiende en todos, y se pierde su particularidad. La culpa ha desaparecido, contumaz.
Cazar instantes para la exhalación última con marcas en las mejillas y ojos extensos
líneas extensas, líneas, líneas mezcladas, hebras azules mojadas.


Los cuatro se encuentran, los dos míos purificados coyunturalmente.
La entrega se va entregando silenciosamente,
distorsiones sutiles y su repetición.
Y para trocar las costillas raídas en infinitud
los besos salpican uno tras otro tras otro sobre mi pecho izquierdo.